

Se acerca la media noche, todavía es sábado pero pronto será domingo. Te diriges al antro en compañía de algunos conocidos. La promesa de un D.J. extraordinario te emociona porque estás un poco deprimido. Llevas en la cartera un estuche compacto de pupilentes que contiene dos comprimidos color azul. Son las “tachas” que consumes con regularidad desde hace unos meses.
Accedes al lugar sin ningún problema. A nadie parece interesar lo que hagan tú y tus amigos. Ya desde afuera escuchas la música electrónica que activa tu ansiedad por la droga. Adentro, ya sin discreción como antes, ingieres la primera pastilla. La colocas debajo de la lengua. Ese sabor amargo te resulta familiar y no te desagrada.
Los minutos pasan, pero te parecen eternos mientras esperas impaciente el efecto. Para acelerar ese estado de euforia de que tanto gozas, pides en la barra un caballito de jarabe. Ese líquido viscoso y dulce que combinado con la sustancia catapulta el éxtasis.
Por fin mejora tu ánimo, es cada vez más placentero. Ya no te das cuenta del transcurso del tiempo. Estás es perfecto movimiento corporal al ritmo de los energizantes sonidos e hipnóticas luces; hace rato que tu sed es mitigada únicamente con agua, tu bebida preferida para esas tóxicas noches.
El reloj marca las cuatro, es tiempo de “comerte” la segunda tableta para evitar el cansancio. Una paleta de caramelo rojo completa el menú. La goma de mascar del centro amortiguará la presión involuntaria entre tus dientes.
Te concentras en el láser. Comienzas el fantástico viaje a través de ese túnel luminoso y caminas entre nubes transparentes. Observas señales amigables al final de tu destino, son los brazos del D.J. que se comunica contigo. Aplaudes y festejas su trabajo. No miras nada más a tu alrededor, sólo tu persona en baile frenético y coordinado con la mezcla. Sube, sube, suubee, suuubeee... ¡Suuuubeeeee!
De pronto, quienes te acompañan no miran con buenos ojos que la estés pasando tan bien. El único de tus amigos hace tiempo que se fue y el resto ya tiene un solo propósito: provocarte el peor de tus “malviajes”. Prefieres alejarte de ellos y rápidamente te diriges al after hours pero ahí es peor. Sientes el ambiente pesado. Todos están intoxicados y parece que tu presencia les molesta. Tan sólo la mala vibra causa sudor en tu cuerpo.
Son las ocho de la mañana. “Aléjate mientras puedas”, piensas, pero es demasiado tarde. La paranoia se posesiona de ti. Todos están en tu contra y han planeado dañarte. Comienzan por mirarte insistentemente, sus ojos te molestan; luego te señalan, su atrevimiento te enfurece; siguen con gritarte, sus alaridos te espantan. No te resulta difícil adquirir una cápsula de “speed” y la consumes con la esperanza de cancelar el “malviaje” que sabes ya comenzó.
Error fatal. Tus enemigos continúan asediándote: Se colocan frente a ti, también a tus costados y espalda; sus brazos te rozan, sus cuerpos chocan contra el tuyo. No sabes qué hora es y la oscuridad que otras veces es agradable, hoy es hostil y repugnante. Te esfuerzas por demostrar que nada pasa, pero tu cuerpo te delata: respiración precipitada, ritmo cardiaco apresurado, alta temperatura...
Quieres sonreír para despistar a tus contrarios, pero te falta saliva para despegar los labios de los dientes. Las cortinas se mueven, todos caen al piso, se dibujan bultos en las paredes, la sed te mata. Se atraviesan encapuchados; demonios semidesnudos hacen mofa de ti, hombres vestidos de mujer bailan sobre sus tacones. Te asedian antiguos amores apoderados del rencor y el odio. La desesperación es máxima.
Observas cada uno de los teléfonos celulares que se prenden en todo el salón. Percibes cada cigarro ardiente que desprende luminosas cenizas. Cualquier encendedor captura tu atención. La música se escucha incoherente, los ritmos cambian incluso de género. ¡Odias acabe el sonido que tanto te gusta! Te quieren volver loco, quieren acabar contigo.
Disminuyes el movimiento de tus brazos y piernas, tu cuerpo está engarrotado, tensos los músculos, tiesos los dedos. Tienes pavor de moverte un centímetro... Te pierdes en la nada... La mirada extraviada... Tu conciencia ausente...
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Despiertas del trance. Pronto te das cuenta que has vivido tu primer “malviaje”. Con trabajo aceptas que todo fue una alucinación. El acoso persiste pero cada vez es menor, incluso miras menos gente en ese edificio viejo y deshabitado. Cerca de las doce de la tarde comienzas a disfrutar de nuevo la música, pero otra vez aparecen los malignos. Sales huyendo antes de que nada suceda.
Afuera, la luz es insoportable. No sabes dónde estás, menos conoces la ubicación de tu auto. Caminas unas calles, no es correcta la dirección; regresas otras cuadras, unas más, por fin encuentras tu vehículo. Arrancas lentamente, manejas con precaución. El tránsito no es un problema. Recuerdas el camino a casa, pero el miedo sigue apoderado de ti.
Ya en casa, no te sientes seguro. Sigues pensando en lo ocurrido, no dejas de hacerlo hasta la noche. No tienes apetito y sientes la necesitad de hablar con alguien. Tus amigos al teléfono te tranquilizan un poco pero sigue siendo imposible conciliar el sueño. Tomar un baño no resuelve nada. Al final del día ya te sientes cansado y el sueño te vence. A partir de ahora, y por mucho tiempo más, después de tu primer “malviaje”, las tachas te parecerán indeseables.
ANODIS
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